Josep Moncada
Presentación

A Josep Moncada

El suave y delicado velo que cubre todas las metáforas ha sido lenta y sinuosamente rasgado: a través de la hendidura hecha atisbamos, entre curiosos y conmovidos, un fragmento de piel recién acariciada, besada, recorrida… un instante de la carne del que no han querido desprenderse los ojos.

O quizá haya sido el lienzo blanco del invisible tiempo de los amantes el que, sabia e involuntariamente, ha acabado deslizándose hasta dejar al descubierto un torso femenino o una nalga, todo en el imposible escorzo y contorsión de los que sólo puede dar cuenta un entregado y experto ejercicio amoroso.

La mirada que a todo esto atiende, que besa sin decir y susurra mejor que roza, es alegre e inocente, impúdica y seductora a partes iguales… ama a las mujeres, pinta y vive en su isla blanca y azul, escribe y reflexiona sentado, entre amigos, en un café no muy lejos del puerto, envuelto por el bullicio, desentendido y risueño, sabio y voluntariamente alejado del infierno de los hombres, de sus humanas miserias.

Sabe que ha venido a este mundo antes para bendecir que para denunciar. Sabe que su don no le pertenece sino que le ha sido prestado por la diosa protectora del dulce y cálido despertar de los que se aman, y que sólo a ella se debe; y por ello se entrega, nos entrega y regala con denuedo, serena e intensa pasión, su cotidiano universo, lejano y burlón eco de otro más alto, pero sin duda menos acogedor. Sabe que la tierra le habrá sido leve.

G. G. Ciutadella, febrer de 2012

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© Josep Moncada 2012